Primera Parte
La profesión de la fe
PRIMERA SECCION
"CREO"-"CREEMOS"
26 Cuando profesamos nuestra fe, comenzamos
diciendo: "Creo" o "Creemos". Antes de exponer la fe de la
Iglesia tal como es confesada en el Credo, celebrada en la Liturgia, vivida en
la práctica de los Mandamientos y en la oración, nos preguntamos qué significa
"creer". La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se
entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca
el sentido último de su vida. Por ello consideramos primeramente esta búsqueda
del hombre (capítulo primero), a continuación, la Revelación divina, por la
cual Dios viene al encuentro del hombre (capítulo segundo). y finalmente la
respuesta de la fe (capítulo tercero).
CAPITULO PRIMERO: EL HOMBRE ES "CAPAZ" DE
DIOS
I. EL DESEO DE DIOS
27 El deseo de Dios está inscrito en el
corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y
Dios no cesa de atraer hacia sí al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará
el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar:
La razón más alta de la dignidad humana consiste en la
vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo
con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por
amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no
reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (GS 19,1).
28 De múltiples maneras, en su historia, y
hasta el día de hoy, los hombres han expresado a su búsqueda de Dios por medio
de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios,
cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar,
estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un
ser religioso:
El creó, de un solo principio, todo el linaje humano,
para que habitase sobre toda la faz de la tierra y determinó con exactitud el
tiempo y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que
buscasen a Dios, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban; por más que
no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos
y existimos (Hch 17,26-28).
29 Pero esta "unión íntima y vital con
Dios" (GS 19,1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada
explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy
diversos (cf. GS 19-21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o
la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf. Mt
13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del pensamiento
hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por
miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10) y huye ante su llamada (cf. Jon 1,3).
30 "Se alegre el corazón de los que
buscan a Dios" (Sal 105,3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios,
Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la
dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia,
la rectitud de su voluntad, "un corazón recto", y también el
testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.
Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande
es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu
creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su
condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que
tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu
creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre
sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón
está inquieto mientras no descansa en ti (S. Agustín, conf. 1,1,1).
II LAS VIAS DE ACCESO AL CONOCIMIENTO DE DIOS
31 Creado a imagen de Dios, llamado a
conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas
"vías" para acceder al conocimiento de Dios. Se las llama también
"pruebas de la existencia de Dios", no en el sentido de las pruebas
propias de las ciencias naturales, sino en el sentido de "argumentos
convergentes y convincentes" que permiten llegar a verdaderas certezas.
Estas
"vías" para acercarse a Dios tienen como punto de partida la
creación: el mundo material y la persona humana.
32 El mundo: A partir del movimiento y del
devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede
conocer a Dios como origen y fin del universo.
San Pablo afirma refiriéndose a los paganos: "Lo
que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó.
Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la
inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad" (Rom
1,19-20; cf. Hch 14,15.17; 17,27-28; Sb 13,1-9).
Y S. Agustín: "Interroga a la belleza de la
tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se
dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo...interroga a todas estas
realidades. Todas te responde: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una
profesión ("confessio"). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las
ha hecho sino la Suma Belleza ("Pulcher"), no sujeto a cambio?"
(serm. 241,2).
33 El hombre: Con su apertura a la verdad
y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su
conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga
sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma
espiritual. La "semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible
a la sola materia" (GS 18,1; cf. 14,2), su alma, no puede tener origen más
que en Dios.
34 El mundo y el hombre atestiguan que no
tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que
participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas
diversas "vías", el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia
de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, "y que
todos llaman Dios" (S. Tomás de A., s.th. 1,2,3).
35 Las facultades del hombre lo hacen
capaz de conocer la existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre
pueda entrar en su intimidad, Dios ha querido revelarse al hombre y darle la
gracia de poder acoger en la fe esa revelación en la fe. Sin embargo, las
pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la
fe no se opone a la razón humana.
III EL CONOCIMIENTO DE DIOS SEGUN LA IGLESIA
36 "La santa Iglesia, nuestra madre,
mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser
conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las
cosas creadas" (Cc. Vaticano I: DS 3004; cf. 3026; Cc. Vaticano II, DV 6).
Sin esta capacidad, el hombre no podría acoger la revelación de Dios. El hombre
tiene esta capacidad porque ha sido creado "a imagen de Dios" (cf. Gn
1,26).
37 Sin embargo, en las condiciones
históricas en que se encuentra, el hombre experimenta muchas dificultades para
conocer a Dios con la sola luz de su razón:
A pesar de que la razón humana, hablando simplemente,
pueda verdaderamente por sus fuerzas y su luz naturales, llegar a un
conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que protege y gobierna el
mundo por su providencia, así como de una ley natural puesta por el Creador en
nuestras almas, sin embargo hay muchos obstáculos que impiden a esta misma
razón usar eficazmente y con fruto su poder natural; porque las verdades que se
refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas
sensibles y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen
que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo. El espíritu humano, para
adquirir semejantes verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y de
la imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado original. De
ahí procede que en semejantes materias los hombres se persuadan fácilmente de
la falsedad o al menos de la incertidumbre de las cosas que no quisieran que
fuesen verdaderas (Pío XII, enc. "Humani Generis": DS 3875).
38 Por esto el hombre necesita ser iluminado
por la revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su
entendimiento, sino también sobre "las verdades religiosas y morales que
de suyo no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado
actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza
firme y sin mezcla de error" (ibid., DS 3876; cf. Cc Vaticano I: DS 3005;
DV 6; S. Tomás de A., s.th. 1,1,1).
IV ¿COMO HABLAR DE DIOS?
39 Al defender la capacidad de la razón
humana para conocer a Dios, la Iglesia expresa su confianza en la posibilidad
de hablar de Dios a todos los hombres y con todos los hombres. Esta convicción
está en la base de su diálogo con las otras religiones, con la filosofía y las
ciencias, y también con los no creyentes y los ateos.
40 Puesto que nuestro conocimiento de Dios
es limitado, nuestro lenguaje sobre Dios lo es también. No podemos nombrar a
Dios sino a partir de las criaturas, y según nuestro modo humano limitado de
conocer y de pensar.
41 Todas las criaturas poseen una cierta
semejanza con Dios, muy especialmente el hombre creado a imagen y semejanza de
Dios. Las múltiples perfecciones de las criaturas (su verdad, su bondad, su
belleza) reflejan, por tanto, la perfección infinita de Dios. Por ello, podemos
nombrar a Dios a partir de las perfecciones de sus criaturas, "pues de la
grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su
Autor" (Sb 13,5).
42 Dios transciende toda criatura. Es
preciso, pues, purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de
limitado, de expresión por medio de imágenes, de imperfecto, para no confundir
al Dios "inefable, incomprensible, invisible, inalcanzable" (Anáfora
de la Liturgia de San Juan Crisóstomo) con nuestras representaciones humanas.
Nuestras palabras humanas quedan siempre más acá del Misterio de Dios.
43 Al hablar así de Dios, nuestro lenguaje
se expresa ciertamente de modo humano, pero capta realmente a Dios mismo, sin
poder, no obstante, expresarlo en su infinita simplicidad. Es preciso recordar,
en efecto, que "entre el Creador y la criatura no se puede señalar una
semejanza tal que la diferencia entre ellos no sea mayor todavía" (Cc.
Letrán IV: DS 806), y que "nosotros no podemos captar de Dios lo que él
es, sino solamente lo que no es y cómo los otros seres se sitúan con relación a
él" (S. Tomás de A., s. gent. 1,30).
RESUMEN
44 El hombre es por naturaleza y por
vocación un ser religioso. Viniendo de Dios y yendo hacia Dios, el hombre no
vive una vida plenamente humana si no vive libremente su vínculo con Dios.
45 El hombre está hecho para vivir en
comunión con Dios, en quien encuentra su dicha. “Cuando yo me adhiera a ti con
todo mi ser, no habrá ya para mi penas ni pruebas, y viva, toda llena de ti,
será plena" (S. Agustín, conf. 10,28,39).
46 Cuando el hombre escucha el mensaje de
las criaturas y la voz de su conciencia, entonces puede alcanzar a certeza de
la existencia de Dios, causa y fin de todo.
47 La Iglesia enseña que el Dios único y
verdadero, nuestro Creador y Señor, puede ser conocido con certeza por sus
obras, gracias a la luz natural de la razón humana (cf. Cc.Vaticano I: DS
3026).
48 Nosotros podemos realmente nombrar a
Dios partiendo de las múltiples perfecciones de las criaturas, semejanzas del
Dios infinitamente perfecto, aunque nuestro lenguaje limitado no agote su
misterio.
49 "Sin el Creador la criatura se
diluye" (GS 36). He aquí por qué los creyentes saben que son impulsados
por el amor de Cristo a llevar la luz del Dios vivo a los que no le conocen o
le rechazan.

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