La Historia de Salvación - Luís Rubio Morán
I. EL CONTENIDO FUNDAMENTAL DE LA ESCRITURA ES EL MISTERIO DE LA SALVACIÓN
La condición capital para entender la Sagrada Escritura es situarse en la perspectiva que le es propia, la que guiaba a los autores bíblicos cuando recogían y ordenaban las tradiciones, cuando escribían sus experiencias personales o sus reflexiones sobre la vida y sus problemas. Esa perspectiva no es la del ser del hombre, su situación en el mundo, su acción en la historia. Sino la del «misterio de la Salvación».
Con unas palabras o con otras, en géneros literarios distintos, en estilos variados, lo que la Biblia afirma y describe es la acción de Dios que interviene para salvar al hombre, que se halla en situación desesperada, abocado a la muerte, a una ruina total, definitiva.
Este misterio de la salvación, que actúa a lo largo de toda la historia, se halla presente en todos
los tipos de exposición bíblica, y unifica la múltiple variedad de los 72 escritos que forman la Biblia.
La intención primera de Dios, en efecto, la que pone en marcha toda su acción, es el designio de salvar a los hombres:
«Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2, 3-4).
Esta intención pone en marcha todo un plan, que comprende desde la creación hasta la transformación de todas las cosas en orden a recapitularlas todas en Cristo, y así, insertas en él, introducirlas en la corriente misma de la vida de Dios.
«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo... por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo... eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad para alabanza de la gloria de su gracia, con la que nos agració en el Amado. En El tenemos, por medio de su sangre, la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 3-10; cf. Col 1,13-20).
Sobre este misterio de la salvación la Biblia ofrece un verdadero testimonio.
No elucubraciones más o menos elevadas, fruto de imaginaciones desbordadas o anhelos insatisfechos. Ella nos ofrece lo que los hombres han visto con sus propios ojos, lo que han oído con sus propios oídos, lo que han palpado con sus propias manos, lo que han contemplado con su propio corazón, lo que han experimentado en sus propias vidas (cf. 1 Jn 1, 1-3; Dt 4, 32-40; Lc 2, 29-32; Hech 2, 32).
La liberación y salvación se experimenta y descubre, se expone y testimonia como obra propia y exclusiva de Dios. Nada de lo humano salva al hombre. «No queda a salvo el rey por su gran ejército, ni el bravo inmune por su enorme fuerza. Vana cosa el caballo para la victoria, ni con todo su vigor puede salvar» (Sal 33, 16-17). Ningún hombre, ni aun los grandes y poderosos, puede salvar al hombre. «No pongáis vuestra confianza en príncipes, en un hijo de hombre, que no puede salvar; su soplo exhala, a su barro retorna, y en ese día sus proyectos fenecen» (Sal 146, 3-4; 60, 11).
Aunque Dios actúa la salvación a través de hombres, todos tienen conciencia de que la salvación es obra de él. Ellos se saben enviados, mensajeros, legados. Obran la salvación en virtud del poder de Dios que en ellos y por ellos actúa.
El testimonio bíblico es explícito, numeroso, por toda la Biblia. Sólo Dios es quien salva, no hay salvador fuera de él (cf. Os 13, 4; Is 43, 11; Jer 3, 23; Ex 14,13).
Su salvación se extiende hasta los confines de la tierra (Is 49, 6); comprende los tiempos todos (cf. Is 51, 6. 8), pero llega hasta lo más íntimo del hombre (cf. Sal 89, 27; Is 12, 3). Sólo Dios puede ser invocado como «el Dios de mi salvación», como «el Salvador» (cf. Sal 24, 5; 27, 1; 79, 9; 68, 20; Is 12, 2; 1 Cron 16, 35; Sal 23, 5; 61, 2. 6; 78, 9; 87, 1).
En el Nuevo Testamento, junto a la afirmación de que Dios es el Salvador (Lc 1, 47; 1 Tim 1, 1; 2, 3; 4, 10; Tit 2, 10; 3, 4; 4, 1.3), se expresa la convicción de que esa salvación de Dios se ha hecho presente y definitiva en Jesucristo, que es «el Salvador» (cf. Hech 4, 12; 5, 31; 13, 23; Lc 2, 11; Jn 4, 42; Fil 3, 20; 2 Tim 1, 10; Tit 1, 4; 2, 13).
II. EL MISTERIO DE LA SALVACIÓN SE REALIZA Y SE REVELA EN LA HISTORIA
La salvación que testimonia la Biblia no es algo abstracto, etéreo, espiritualista. Es algo concreto, palpable. Beneficiarios de la salvación o ejecutores de la misma han sido hombres concretos, de carne y hueso, marcados por una geografía, sellados por unas circunstancias determinadas culturales, sociales, políticas, económicas.
Hechos concretos de la historia de grupos, de comunidades o de personas han sido vividos, experimentados y vistos como hechos salvíficos, como verdaderas intervenciones salvadoras de Dios. Y como tales han sido transmitidos. De palabra o por escrito. En la predicación y en la oración. En los santuarios o templos y en las tiendas o en las casas. Como objeto de confesión de fe o como motivo para la alabanza y la súplica. En Israel y en la Iglesia.
La moderna investigación bíblica está descubriendo cada día más este carácter histórico de la salvación. Existen diseminadas en los actuales libros bíblicos frases o perícopas que han sido reconocidas como verdaderas «confesiones de fe» o «credos», que el pueblo de Israel o la Iglesia primitiva recitaban en sus reuniones litúrgicas como expresión de sus convicciones de fe.
Y existen también himnos, en los que se enumeran diversas intervenciones salvíficas de Dios en la historia precisamente como motivo para la alabanza o como puntos de apoyo para solicitar nuevas salvaciones. En el antiguo testamento merecen destacarse por su antigüedad Dt 26, 5-9; Jos 24, 2 ss.; Dt 6, 20-24; Jdt 5, 6 ss.; Sal 78; 105; 136; en el nuevo, Hech 2, 38-41; 7, 13; 8, 35-38; 1 Cor 8, 1-6; 11, 23-25; 15, 3-5; Rom 1, 3 ss.; 3, 24-26; 6, 3-4; 4, 25; 8, 34; 10, 9; 16, 25-27; Ef 2, 5-6; 3, 4 s. 9 s.; 4, 4 s.; Fil 2, 6-11; Col 1, 15-20; Jn 1, 1-17. Y algunos resúmenes que exponen en síntesis la trayectoria de la salvación, insistiendo en la unidad o concatenación de los hechos salvíficos que se enumeran (cf. Hech 7;10, 34-38; 13, 16-41; 17; Heb 11; Rom 9-11).
En todas estas confesiones de fe o himnos, que se continuarán más tarde en los «símbolos» de la Iglesia, se subraya el carácter histórico de lo afirmado. En ellos, en efecto, no se afirman verdades teóricas, abstractas sobre Dios, sobre su ser. Se afirman, como objeto de la fe, acciones de Dios, intervenciones salvíficas suyas en favor de Israel o de la Iglesia: la llamada a los patriarcas, su elección, la salida de Egipto, la peregrinación por el desierto, la alianza en el Sinaí, la entrada en Canaán, la vuelta del destierro; el nacimiento de Jesús, su pasión bajo el poder de Poncio Pilato, su morir y resucitar, el envío del Espíritu Santo.
A estas acciones, ocurridas en el transcurso de la historia, las confesiones de fe han añadido otros hechos, que se sitúan en el origen de toda historia, y en el final de la misma, como su consumación: la creación, la venida de Jesús como Juez, la resurrección de los muertos.
Estos hechos son transmitidos no como meros hechos históricos, sino como hechos interpretados, hechos con un sentido. En ellos, los primeros testigos, y a través de ellos, las generaciones sucesivas, que recitaban aquel «credo» como expresión de su propia fe, descubrieron una dimensión profunda, por encima y más allá de las apariencias: esos hechos no son simples hazañas humanas, gloriosas o penosas, sino que en ellos se daba una presencia manifiesta u oculta, velada o patente, pero real y efectiva, de una fuerza metahistórica, con nombre personal: Yavé, el Padre de nuestro Señor Jesucristo.
En esos hechos, esa fuerza personal estaba a la obra, liberando de peligros mortales para el hombre, removiendo obstáculos que impedían el acceso y la comunión de vida entre el hombre y Dios, que dificultaban, superficial o radicalmente, la entrada del hombre en la familia de Dios. Y estos hechos son confesados, asimismo, no como hechos aislados, esporádicos, sino como formando cadena, como entrelazados entre sí como partes de un todo, de un plan amplio, como salvaciones pequeñas, adecuadas a un determinado momento del pueblo, que eran presagio de una salvación futura, completa, perfecta, la que se confiesa realizada en la pasión-muerte-resurrección de Jesús.
No resulta fácil precisar el contenido específico de esta salvación. En la narración bíblica y en la confesión de fe se recogen liberaciones de todos los peligros que pueden amenazar y de hecho amenazan la existencia del hombre en la tierra. Hay males y opresiones exteriores, que afectan a la dimensión más superficial de la existencia del hombre: la espada, el hambre, la enfermedad, la guerra, el exterminio, la inundación, la sequía. Hay opresiones que van más al interior de la persona: la tribulación, la angustia, la humillación. Otras son de tal índole que afectan a lo más íntimo de la persona y se realizan en el orden de las relaciones del hombre con Dios y con los demás hombres: el egoísmo, la soberbia, la envidia, el odio, la codicia, todo aquello que en la Escritura, abierta a esta dimensión de profundidad de la existencia del hombre, es conocido con el nombre de pecado. Y la opresión que cierra el horizonte de la existencia del hombre, la muerte, concebida no sólo como final de la existencia terrena, sino como el sello a una situación en que el hombre se encontraría definitivamente solitario, ausente de Dios, alejado de él, aislado de los hombres, sus hermanos.
Vista así la muerte es la máxima esclavitud, produce el miedo existencial durante toda la vida (cf. Heb 2,14s):
"Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud".
La liberación del mal, pues, de sus raíces más hondas y de sus manifestaciones más exteriores, es el contenido de la salvación obrada por Dios en la historia.
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