PRÓLOGO
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A "YOUCAT" (2 de febrero de 2011)
Queridos jóvenes amigos:
Hoy
os aconsejo la lectura de un libro extraordinario.
Es
extraordinario por su contenido pero también por el modo como se ha formado,
que deseo explicaros brevemente, para que se pueda comprender su
singularidad. Youcat tiene su origen, por decirlo así, en otra
obra que se remonta a los años 80. Era un período difícil tanto para la Iglesia
como para la sociedad mundial, durante el cual surgió la necesidad de nuevas
orientaciones para encontrar un camino hacia el futuro. Después del concilio
Vaticano II (1962-1965) y en el nuevo clima cultural, numerosas personas ya no
sabían correctamente en qué debían creer propiamente los cristianos, qué
enseñaba la Iglesia, si es que podía enseñar algo tout court, y
cómo podía adaptarse todo esto al nuevo clima cultural.
El
cristianismo en cuanto tal ¿no está superado? ¿Se puede todavía hoy ser
creyentes razonablemente? Estas son las preguntas que se siguen planteando
muchos cristianos. El Papa Juan Pablo II tomó entonces una decisión audaz:
decidió que los obispos de todo el mundo escribieran un libro para responder a
estas preguntas.
Me
confió la tarea de coordinar el trabajo de los obispos y de velar a fin de que
de las contribuciones de los obispos naciera un libro —me refiero a un
verdadero libro, y no a una simple yuxtaposición de una multiplicidad de
textos—. Este libro debía llevar el título tradicional de Catecismo de
la Iglesia católica y, sin embargo, debía ser algo absolutamente
estimulante y nuevo; debía mostrar qué cree hoy la Iglesia católica y de qué
modo se puede creer de manera razonable. Me asustó esta tarea, y debo confesar
que dudé de que pudiera lograrse algo semejante. ¿Cómo podía suceder que
autores esparcidos por todo el mundo pudieran producir un libro legible?
¿Cómo
podían, hombres que viven en continentes distintos, y no sólo desde el punto de
vista geográfico, sino también intelectual y cultural, producir un texto dotado
de unidad interna y comprensible en todos los continentes?
A
esto se añadía el hecho que los obispos no debían escribir simplemente en
calidad de autores individuales, sino en representación de sus hermanos y de
sus Iglesias locales.
Debo
confesar que incluso hoy me parece un milagro que este proyecto al final haya
tenido éxito. Nos reunimos tres o cuatro veces al año durante una semana y
discutimos apasionadamente sobre cada una de las partes del texto que mientras
tanto se habían ido desarrollando.
En
primer lugar se debía definir la estructura del libro: debía ser sencilla, para
que los grupos de autores pudieran recibir una tarea clara y no tuvieran que
forzar sus afirmaciones en un sistema complicado. Es la misma estructura de
este libro; sencillamente está tomada de una experiencia catequética larga, de
siglos: qué creemos / cómo celebramos los misterios cristianos / cómo obtenemos
la vida en Cristo / cómo debemos orar. No quiero explicar ahora cómo nos
encontramos con gran cantidad de preguntas, hasta que el resultado llegó a ser
un verdadero libro. En una obra de este tipo son muchos los puntos discutibles:
todo lo que los hombres hacen es insuficiente y se puede mejorar, y a pesar de
ello se trata de un gran libro, un signo de unidad en la diversidad. A partir
de muchas voces se pudo formar un coro porque contábamos con la partitura común
de la fe, que la Iglesia nos ha transmitido desde los Apóstoles a través de los
siglos hasta hoy.
¿Por
qué todo esto?
Ya
entonces, durante la redacción del Catecismo de la Iglesia católica, constatamos no sólo que
los continentes y las culturas de sus pueblos son diferentes, sino también que
en el seno de cada sociedad existen distintos «continentes»: el obrero tiene
una mentalidad distinta de la del campesino, y un físico distinta de la de un
filólogo; un empresario distinta de la de un periodista, y un joven distinta de
la de un anciano. Por este motivo, en el lenguaje y en el pensamiento, tuvimos
que situarnos por encima de todas estas diferencias y, por decirlo así, buscar
un espacio común entre los diferentes universos mentales; así, tomamos cada vez
mayor conciencia de que el texto requería «traducciones» a los diferentes
mundos, para poder llegar a las personas con sus diversas mentalidades y
diversas problemáticas. Desde entonces, en las Jornadas mundiales de la juventud (Roma,
Toronto, Colonia, Sydney) se han reunido jóvenes de todo el mundo que quieren
creer, que buscan a Dios, que aman a Cristo y desean caminos comunes. En este
contexto nos preguntamos si debíamos tratar de traducir el Catecismo de
la Iglesia católica a la lengua de los jóvenes y hacer penetrar sus
palabras en su mundo. Naturalmente también entre los jóvenes de hoy hay muchas
diferencias; así, bajo la experta dirección del arzobispo de Viena, Christoph
Schönborn, se formó un Youcat para los jóvenes. Espero que
muchos jóvenes se dejen fascinar por este este libro.
Algunas
personas me dicen que el catecismo no interesa a la juventud de hoy; pero yo no
creo en esta afirmación y estoy seguro de que tengo razón. Los jóvenes no son
tan superficiales como se les acusa; quieren saber en qué consiste realmente la
vida. Una novela criminal es fascinante porque nos implica en la suerte de
otras personas, pero que podría ser también la nuestra; este libro es
fascinante porque nos habla de nuestro propio destino y, por tanto, nos toca de
cerca a cada uno.
Por esto os invito: estudiad el
catecismo. Os lo deseo de corazón.
Este
material para el catecismo no os adula; no ofrece soluciones fáciles; exige una
nueva vida de vuestra parte; os presenta el mensaje del Evangelio como la
«perla preciosa» (Mt 13, 45) por la cual hay que dar todo. Por esto
os pido: estudiad el catecismo con
pasión y perseverancia. Sacrificad
vuestro tiempo para ello. Estudiadlo en el silencio de vuestra habitación,
leedlo de dos en dos; si sois amigos, formad grupos y redes de estudio,
intercambiad ideas por Internet. En cualquier caso, permaneced en diálogo sobre vuestra fe.
Debéis conocer lo que creéis;
debéis conocer vuestra fe con la misma precisión con la que un
especialista de informática conoce el sistema operativo de un ordenador; debéis
conocerla como un músico conoce su pieza; sí, debéis estar mucho más profundamente arraigados en la fe que la
generación de vuestros padres, para poder resistir con fuerza y decisión a los
desafíos y las tentaciones de este tiempo. Necesitáis la ayuda divina, si no
queréis que vuestra fe se seque como una gota de rocío al sol, si no queréis
sucumbir a las tentaciones del consumismo, si no queréis que vuestro amor se
ahogue en la pornografía, si no queréis traicionar a los débiles y a las
víctimas de abusos y violencia.
Si
os dedicáis con pasión al estudio del catecismo, quiero daros un último
consejo: todos sabéis de qué modo la comunidad de los creyentes se ha visto
herida en los últimos tiempos por los ataques del mal, por la penetración del
pecado en su seno, más aún, en el corazón de la Iglesia. No toméis esto como
pretexto para huir de la presencia de Dios; vosotros mismos sois el cuerpo de
Cristo, la Iglesia. Llevad el fuego intacto de vuestro amor a esta Iglesia cada
vez que los hombres hayan ensombrecido su rostro. «En la actividad, no seáis negligentes; en el espíritu, manteneos
fervorosos, sirviendo constantemente al Señor» (Rm 12, 11).
Cuando
Israel se encontraba en el momento más oscuro de su historia, para socorrerlo
Dios no llamó a los grandes y a las personas estimadas, sino a un joven de
nombre Jeremías. Jeremías se sintió investido de una misión demasiado grande: «¡Ah, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar,
que sólo soy un niño» (Jr 1, 6). Pero Dios no se dejó
confundir: «No digas que eres un niño,
pues irás adonde yo te envíe y dirás lo yo te ordene» (Jr 1, 7).
Os
bendigo y rezo cada día por todos vosotros.
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